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16 feb. 2007

Pendientes a ganchillo. Como empecé a trabajar con él.






Bien pequeña aprendí la técnica del ganchillo.
Tuve buenas maestras.
En Fabara desde tiempos de postguerra los trabajos de ganchillo para la realización de toquillas sirvieron de sustento para muchas familias que, como la mía, por ganarse unas pesetas no dudaban en permanecer sentadas aporreando ganchillos hasta tener su tarea acabada.

Recuerdo los corrillos de vecinas que se formaban en al calle o en las espaciosas entradas de las casas del pueblo. Sentadas en pequeñas sillas de madera, mil veces reparadas y pintadas, sin dejar la labor pero haciendose compañía y contándose historietas y algún chismorreo en nuestro característico hablar del lugar "el fabarol" o también "chapurriau" por lo que tiene de híbrido: mucho de catalán y mucho de castellano, a modo de pastiche particular y muy bien dominado por todos.

Yo jugaba con los pequeños ovillos sobrantes como lo haría un gato; agarrada a las faldas de mis abuelas, de mi tía o de mi madre.

En ese batiburrillo de tardes de temperatura caldeada, no sé muy bien cómo me vi yo también, ganchillo en mano, haciendo cadeneta primero y más tarde por algún fenómeno mimético aprendiendo a tejer al mismo tiempo que aprendía a hablar.

Entre muñecas, labores, bicicletas, correrías por los montes, entre olores a romero, a tomillo, a flor de almendro, a uva recién cogida; entre ruidos de tractores, de croar de ranas en los charcos del Matarraña, y de grillos nocturnos crecimos los niños del pueblo...los de mi tiempo, los de la generación del "baby boom"

Más tarde cuando andaba yo siempre cargada con mis libros arriba y abajo, siempre encontraba algún rato para añadirme a la faena de mi madre. Y en las tardes sofocantes de las vacaciones de verano, cuando sólo veía las playas y piscinas en la televión y el pueblo casi entero dormitaba tranquilo la siesta,
algunos con menos sueño que ahora, seguíamos con la labor en mano, tras las persianas echadas de los balcones, desde dónde se escapaban, además de algún ronquido, los susurros de las voces de las radios, transmitiendo el episodio "quinientosypico" de la novela de nunca acabar, entrecortada por el consultorio de la doctora Francis, anuncios del cola cao o de la señorita Pepis...

Así que estos pequeños pendientes son "pecata minuta" (una pequeña cosa) comparados con las joyas que salen de las mujeres del pueblo si tenemos en cuenta las mantelerías, tapetes, colchas, puntillas... que son capaces de realizar con sus laboriosas manos y que consiguen llenar los ajuares de sus hijas de verdaderas maravillas dignas de una princesa
Esto es un pequeño homenaje para ellas con cariño.
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